fralb1La voz de los sin voz

La vida de la jurista italiana Francesca Albanese, que desde 2022 es relatora especial de la ONU para los territorios palestinos ocupados, comenzó a cambiar este verano de 2025, el día que presentó su informe “De la economía de la ocupación a la economía del genocidio”, en el que acusaba a grandes empresas de ser cómplices de la ofensiva de Israel en Gaza. Ya había recibido amenazas tras su informe de marzo de 2025, “Anatomía de un genocidio”, pero esta vez fue distinto.

Francesca Albanese, la relatora de la ONU para los territorios palestinos se ha convertido en su país en una líder de opinión, pero está en una lista negra de EEUU como si fuera una terrorista.

La complicada vida de Francesca Albanese, personaje conocda en Italia y vetada en cualquier banco por las sanciones de Trump: A los seis días después de publicar su segundo informe, el pasado 9 de julio, el secretario de Estado de la Casa Blanca, Marco Rubio, anunció que también se le aplicarían a ella las sanciones ya impuestas en febrero a jueces y fiscales del Tribunal Penal Internacional (TPI) por emitir mandatos de arresto contra Benjamin Netanyahu y su ministro de Defensa, Yoav Gallant. La acusación contra ella era, precisamente, de cooperar con el TPI y ser “una amenaza para la economía global”.

Albanese, de 48 años, ya era conocida como una de las voces más claras y contundentes en la denuncia de las violaciones de derechos humanos en Gaza, pero no para el gran público en Italia. A partir de ese momento, y coincidiendo con la iniciativa de la flotilla humanitaria Global Sumud -que en este país tuvo un apoyo general-, empezó a ser muy popular. Aparecía cada día en televisión y en actos públicos, pero al mismo tiempo su vida privada se volvía imposible.

“Gaza será un museo del genocidio”

fralb2Le retiraron su visado y tiene prohibido entrar en Estados Unidos, por ejemplo, no puede ir a la ONU a presentar uno de sus dos informes anuales, el otro es en Ginebra. Pero sobre todo le congelaron todos sus bienes, entre ellos su cuenta y su apartamento en Estados Unidos, aunque ahora vive en Túnez. Además, entró en una lista negra que le aparta de todo el sistema bancario internacional, como si fuera una terrorista o una narcotraficante, y se fijaron penas para cualquier ciudadano estadounidense que tenga con ella un intercambio económico o en especie. Por ejemplo, su marido, que trabaja en el Banco Mundial, y su hija. “En teoría no me pueden invitar a un café, porque les pueden multar con hasta mil millones de dólares o imponerles 20 años de cárcel”, explicó en septiembre en la Cámara de Diputados italiana y ha ido contando en entrevistas.

El diario El País se ha puesto en contacto con Albanese para conocer su día a día, pero tras meses de intensa exposición mediática ha respondido que necesita parar para respirar y estar con su familia. Cuando habló en el Parlamento fue en un acto organizado por la oposición para que el Gobierno italiano y la UE intervengan en su ayuda, pero de momento nadie hace nada. Al Ejecutivo de la ultraderechista Giorgia Meloni, la líder europea más cercana a Donald Trump, no le resulta especialmente simpática.

Albanese se ha erigido en referente de la izquierda, aunque es un referente cada vez más incómodo, porque exige medidas drásticas con Israel. Las continuas apariciones públicas le han causado desgaste. Ha tenido resbalones y declaraciones controvertidas -por algunas luego ha pedido disculpas- que le han deparado críticas de derecha a izquierda. Por ejemplo, el mes pasado, tras la irrupción en la redacción del diario La Stampa de unos manifestantes a favor de la causa palestina, condenó el acto, pero añadió que debería servir de “advertencia” a los periodistas sobre cómo hacen su trabajo. También se ha enfrentado a la senadora vitalicia Liliana Segre, de 95 años, superviviente del Holocausto y toda una institución en Italia, porque criticaba el uso del término genocidio para referirse a Gaza.

Al margen de sus tropiezos, lo cierto es que para la derecha italiana se ha convertido en un símbolo a abatir. Es objeto de ataques personales de Meloni, y el ministro de Educación, Giuseppe Valditara, ha enviado esta semana inspecciones a cuatro colegios donde impartió charlas, para comprobar si intentó adoctrinar a los alumnos.

“Nadie se siente seguro”

Pero este ya es el menor de sus problemas. Las implicaciones de las sanciones de EEUU para Albanese son enormes. Tiene que vivir solo con dinero en efectivo, no puede recibir transferencias, ni donaciones, ni su sueldo, ni comprar un billete de avión por internet. “Se ha levantado el hielo en torno a mí. En Estados Unidos colaboraba con universidades, profesores, ONG… pero nadie se atreve ya a tener relación conmigo. No porque no me apoyen, sino porque en este momento la Administración de Estados Unidos es una amenaza tal hacia todos que nadie se siente seguro”, ha resumido.

No puede abrir una cuenta en ningún banco del mundo, ni tener una tarjeta de crédito, porque ha entrado en la lista OFAC (Office of Foreing Assets Control) del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, de lucha contra el blanqueo de capitales y el terrorismo. Ese departamento prohíbe a cualquier entidad financiera tener como cliente a alguien que esté en la lista. El banco que lo haga no puede operar en dólares, se enfrenta a multas millonarias y queda excluido de los circuitos internacionales de pago (Swift).

“Nos llamó para ver si con nosotros era posible abrir una cuenta, pero miramos la legislación y no podíamos hacerlo, nos arriesgaríamos a no poder hacer nuestro trabajo”, cuenta Nazzareno Gabrielli, director general de Banca Ética, dedicada a sostener causas solidarias y sociales. “Nos entristece profundamente, porque se debe a una sanción completamente arbitraria de un Estado que pesa sobre los demás países”, señala. Banca Ética, Amnistía Internacional y otras organizaciones han escrito al Gobierno italiano pidiéndole que intervenga.

Estados Unidos viola así las normas de la ONU que garantizan la inmunidad de los funcionarios de la organización. Pero saltarse las normas de la Casa Blanca no es una broma, como saben varios bancos europeos. Según la prensa italiana, en 2019 el banco italiano Unicredit aceptó pagar 1.300 millones de dólares al Departamento del Tesoro por haber realizado operaciones con países bajo embargo.

Lo cierto es que la UE tendría todo el derecho a oponerse a aplicar en su territorio una ley de otro país. Domenico Gallo, ex-magistrado del Tribunal Supremo italiano, ha explicado que, ante los problemas que planteaban sanciones de la Casa Blanca a países como Cuba, Libia o Irán, la UE ya aprobó en 1996 el llamado reglamento de bloqueo, que paraliza los efectos extra-territoriales de medidas de terceros países. La última vez que lo actualizó fue en 2008.

“La UE puede ordenar a los Estados miembros que desobedezcan las sanciones norteamericanas. Cuando se anunciaron las sanciones contra el TPI, las criticaron Ursula Von der Leyen, Kaja Kallas, Antonio Costa... pero solo de palabra, luego no han reaccionado. Es un escándalo internacional”, señaló Gallo. En su opinión, estas medidas no tienen ninguna base legal, simplemente distorsionan el objetivo original de la normativa para aplicarlo a ciudadanos extranjeros con fines de persecución política.

También han considerado ilegal la decisión de la Casa Blanca 79 de los 125 países firmantes del Estatuto de Roma, que creó el TPI. En la UE, tres no lo hicieron: Italia, Hungría y República Checa. Pero además Gallo ha citado un precedente legal de una persona que al ser congelados sus bienes por EEUU en 2002 denunció su situación al Tribunal de Justicia de la UE (TJUE). Es el famoso caso Kadi, que toma el nombre del ciudadano saudí Yassin Abdullah Kadi, al que una sentencia europea de 2013 dio la razón: los jueces consideraron que se habían vulnerado su derecho a la tutela judicial efectiva y a la defensa, pues son medidas que se aplican sin juicio previo. Es decir, Francesca Albanese y el resto de sancionados por EEUU podrían acudir a la justicia europea, si la UE sigue sin hacer nada. (1)

Visita a Francesca Albanese

fralb3El papel de Franceca Albanese como relatora especial de Naciones Unidas para los territorios palestinos ocupados ha cobrado relevancia a raíz de la masacre perpetrada por el ejército de Netanyahu en Gaza. Visita a la abogada italiana en su casa en Túnez, desde donde avanza incansable en su tarea de denuncia a pesar de las amenazas que recibe desde Israel y EE UU. (2)

Las olas llegan picadas a la arena de Túnez, donde un viento repentino remueve la espuma y trae rumores de marejada en esta orilla sur del Mediterráneo. El paisaje es similar al que puede haber en playas de Sicilia, Alicante, Santorini o el que podría tener Gaza si no fuera por las bombas, por qué no: barquichuelas que se entrechocan con calma, casas blancas que asoman al mar, buganvillas esplendorosas en rojo, rosa o color vino y sillas que se oxidan rápidamente en los patios por la acción corrosiva del mar, única amenaza a la vista en esta zona costera de un Túnez apacible en estos tiempos. Pero Francesca Albanese no puede ni visitar ni vivir en Gaza o Cisjordania, las áreas sobre las que trabaja como relatora especial de Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados desde 1967. Lo hace desde su casa en este barrio residencial donde vive con su familia con las únicas herramientas a su alcance: el wifi y la pantalla. Con ello está moviendo montañas.

¿Desde cuándo no puede viajar a Cisjordania o Gaza? – Nunca he podido pisar el terreno desde que empecé mi mandato, en 2022, porque Israel veta mi entrada, como hizo con mis predecesores. Pero yo nunca acepto un obstáculo como límite. Lo circunvalo, lo convierto en activo. Y cocino con lo que hay en el frigorífico. Con eso me apaño. Quienes me conocen lo saben muy bien.

Y los ingredientes parecen infinitos en sus manos. Francesca Albanese, nacida en Ariano Irpino (Campania italiana) hace 48 años, nos recibe en su casa de La Marsa, Túnez. En su estudio, una pequeña habitación anexa en la que Teresa Rasella, su asistente especial, ya está tecleando para preparar sus próximas reuniones. Cada día, después de que sus dos hijos marchen al colegio, Albanese se conecta desde aquí para hacer un sinfín de entrevistas por Zoom. Habla con asesores, con organizaciones, con pasantes que la ayudan desde distintas universidades con las que ha llegado a acuerdos, con gobiernos y con periodistas; organiza focus groups según los temas que investiga; y teje una agenda que se va multiplicando y que la lleva a llenar auditorios y a que la paren por la calle en muchas partes del mundo. Para bien y para mal.

En general, para aclamarla como si fuera una estrella. A veces, para insultarla en vivo o en las redes, tras haberse convertido en el rostro más visible de la resistencia ante el horror en Gaza, en el clamor por una justicia que hoy parece imposible y en la denuncia más temprana de un genocidio hoy ya reconocido por una comisión de expertos nombrada por la ONU. Ella fue de las primeras en atreverse a romper el tabú, a llamar “genocidio” a lo que sufre la Franja, lo que le ha valido una persecución inclemente y duras sanciones por parte de Estados Unidos.

Nacida a 100 kilómetros de Nápoles, tiene grabados en la memoria dos capítulos extremos que ocurrieron en su primera infancia: el primero fue el terremoto que destruyó su pueblo cuando ella tenía tres años. Fue en 1980. Y el segundo, cuando apenas tenía cinco, la matanza de Sabra y Chatila, la masacre de refugiados en Líbano que las tropas israelíes permitieron a las falanges cristianas. “Fue la primera vez que oí la palabra ‘Palestina’ y tengo un recuerdo muy vívido. En Italia y en mi familia se hablaba mucho de ello, y yo crecí en ese ambiente. Aquello fue horrendo”.

Albanese rememora a su padre, abogado ya fallecido, y a su madre, una ama de casa hoy atrapada en los recovecos más hostiles de la edad, en una Italia que entonces era mucho más abierta al exterior, más concienciada y movilizada por causas que estaban ocurriendo fuera. “Mi hermano mayor tenía en su habitación pósteres de Palestina, eran tiempos de la primera Intifada, y también un compañero que era un refugiado palestino de Jordania. Esa fue mi primera conexión”, relata. Los años de Berlusconi, asegura, trajeron después un ensimismamiento que llevó a los italianos a mirarse al ombligo y a tener ojos solo para sí mismos. Pero ella había respirado otra cultura y, tras estudiar Derecho en la estela de su padre, se fue a la Universidad londinense de SOAS a especializarse en Derechos Humanos. Así empezó a profundizar en el drama que ha forjado su carrera: “Muchos pueblos han sido traicionados y olvidados y los palestinos han sido traicionados, pero no pueden ser olvidados. Ellos aún resisten, no se rinden, y ayudarlos es levantar la voz para que otras causas no sean olvidadas”.

Después siguió enlazando investigaciones universitarias y trabajos para organizaciones de derechos humanos. Y con su marido, ahora economista del Banco Mundial, ha podido compartir destinos como Ginebra, Washington, Indonesia y hoy Túnez. Pero los años que probablemente más la marcaron fueron los tres que ambos vivieron en Jerusalén (2010-2012), hasta que decidió marchar.

“Yo tenía 32 años cuando fui por primera vez, quería trabajar en Palestina, contribuir. Tenía allí una entrevista con la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos) y aquello no me gustó nada. Casi deseaba que no me cogieran porque sabía que no podía ser feliz allí, aunque tampoco iba a ser capaz de decir que no”. En aquel primer viaje tomaron un tour con guías israelíes que, asegura, los adoctrinaban con su punto de vista sobre la ciudad. Así que al tercer día eligieron un guía alternativo, de nombre Abu Hassan, que los llevó a muros muy distintos del de las Lamentaciones: a los que Israel levantaba para cortar el paso a los palestinos, a sitios donde registraban a los niños, donde separaban a las familias o a los agricultores de sus tierras, donde cortaban las calles comerciales antes más transitadas, donde sellaban puertas y los colonos arrojaban orines y basura a los patios árabes desde viviendas más altas que habían conquistado y construido en Hebrón o Belén. “Esa fue mi primera semana en Palestina”.

Pero se quedó. Los dos se quedaron. “Desafortunadamente, sí. Fue una dicotomía porque, por un lado, desde el punto de vista personal, era una bendición conocer a tanta gente buena. Hice muchos amigos palestinos y relaciones maravillosas con mis colegas. Pero era horrible contemplar ese apartheid, un sistema que aún no sabía nombrar, la humillación constante de los palestinos. ¡Era tan fácil morir!”. Albanese pateó los territorios, hizo contactos, conoció a fondo la situación e iba a empezar un nuevo destino en la propia Franja de Gaza cuando el embarazo de su primera hija la hizo frenar. Siguiente destino: Washington.

Intentó desvincularse de la zona y se comprometió a no tratar con Palestina nunca más: “Estaba tan traumatizada que no quería hacer nada relacionado con la zona cuando me proponían cosas”. Pero empezó la guerra de Gaza de 2014, volvió a engancharse y por primera vez se hizo activista, unida a voces judías movilizadas por la paz. También aceptó una oferta para investigar y escribir y, tras cuatro años de trabajo, firmó junto a Lex Takkenberg un libro que le ha cambiado la vida: Palestinian Refugees in International Law (Refugiados palestinos en la ley internacional, Oxford University Press, 2020).

Este libro se convirtió en obra de referencia y en epicentro de debates y webinars que proliferaron durante la pandemia y a las que llegaban a conectarse 700 personas simultáneamente desde Asia, Europa, Oriente Próximo o EE UU. “Uno de ellos fue Michael Lynk, mi predecesor, que me dijo: ‘Creo que serías una gran relatora especial’. ¿Yo?, le dije, incrédula. ¡Si no tengo 70 años, no soy viejo, no soy calvo y no tengo las características habituales!”. Pero en 2022 se convirtió en la primera mujer en un cargo que rinde ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU de forma independiente, sin sueldo ni apenas recursos y que, de inmediato, por la escalada bélica y por su personalidad, cobró una notoriedad muy superior a la de sus predecesores.

¿Queréis café? ¿Comer algo? ¿Estáis bien?

fralb4Massimiliano Cali, marido de Albanese, ha hecho su aparición. Italiano acogedor, de aspecto afable y con la voz “de un megáfono”, en palabras de ella, llena la habitación con energía pletórica y una ropa de andar por casa en la que no falta un “stop, genocidio”. El economista sénior del Banco Mundial en Túnez ha logrado prorrogar un año más su destino en este país (donde llevaban cuatro), consciente de que no puede volver a Washington. Y asume con deportividad las dificultades que afronta la familia. “¿Qué le vamos a hacer? Estoy orgulloso de lo que hace Francesca por la justicia y yo puedo cuidar a los niños cuando viaja”, dice, expansivo, alegre, puro motor en marcha en sintonía con ella. Pero la vida familiar se ha visto seriamente afectada.

Los primeros informes que firmó Albanese como relatora especial se centraron en el derecho a la libre determinación en un contexto colonial (septiembre de 2022); en el carceral continuum o realidad carcelaria como un todo psicológico y físico dentro y fuera de las prisiones (junio de 2023); y en la situación de los niños (octubre de 2023). En esos dos primeros años, relata ella, la presión se limitaba al acoso en redes, la habitual etiqueta de antisemitismo que el Gobierno de Israel coloca a cuantos le critiquen e informes que la acusaban de violar los códigos de conducta sin suficiente recorrido como para prosperar.

Pero fue a partir de “Anatomía de un genocidio”, el informe de marzo de 2024, cuando apuntó a la palabra prohibida y cambió el patrón de ataque. Empezaron las amenazas reales y detalladas contra ella y miembros de su familia mediante llamadas y correos en los que, por razones de pudor y seguridad, no quiere profundizar. Los ataques han escalado tanto, por ejemplo, que el embajador de Israel ante la ONU, Danny Danon, llegó a acusarla en octubre de “bruja malvada” desde su escaño en Naciones Unidas en Nueva York mientras ella se veía obligada a explicar por pantalla su último informe. Estados Unidos le ha prohibido entrar al imponerle sanciones similares a las que afectan a jueces y personal de la Corte Penal Internacional (CPI) que investiga a Israel. Desde julio, su casa y la cuenta corriente de la pareja en Washington han quedado bloqueadas tras ser acusada de ser “amiga de terroristas”, un extraño estatus cargado de arbitrariedad que nadie ha probado en procedimiento ninguno. Más acusaciones: colaborar con la CPI, vomitar “un antisemitismo descarado”, apoyar el terrorismo y despreciar abiertamente a Estados Unidos, Israel y Occidente.

¿Cómo le han afectado las sanciones? – Me han hecho más vulnerable, claro.

¿Tiene miedo? – Sí. Claro que sí.

¿Le tienta dejarlo, tirar la toalla? – Sí, pero no lo he hecho, no puedo. Ahora mismo estamos ante algo histórico. Antes solía decir que lo hacía para que otros niños pudieran vivir como mis hijos. Ahora digo que es por mis propios hijos. Estamos ante una aceleración histórica que puedo oler en el viento y, si no resistimos ahora, si no usamos y protegemos el sistema legal, no creo que mis hijos puedan disfrutar del mismo nivel de libertad que mi marido y yo.

¿Y acaso ellos lo pueden entender, aceptar, asimilar? Esa es la pregunta que acecha como los gatos callejeros que rondan esta casa tunecina, el gran interrogante que se abre ante el patinete tirado en la entrada, los balones quietos en el jardín, las maletas abiertas en el suelo que muestran la ropa que va o que viene y las noticias que ella y su marido intentan dejar fuera de casa. “Los niños lo viven, lo sienten. Para ellos el término ‘genocidio’ es parte de su normalidad y eso me asusta porque no debería. Y porque mucha gente me para por la calle, soy una figura pública. Ahora cuando voy con ellos intento con el gesto pedir a la gente que me dejen, por favor, por favor, que no me hablen. Por ellos. Los niños no han elegido esto”.

Hace unas semanas, Albanese paseaba por Roma y quiso enseñar a su hijo la plaza y la estatua dedicadas a Giordano Bruno, un filósofo y matemático del siglo XVI que fue quemado vivo por hereje. “Le dije que ese era el hombre al que debía su nombre, que le quemaron vivo y que fue doloroso para él, pero que su figura ha viajado por los siglos de los siglos hasta llegar a él”, relata. “¡Y ahora me encuentro con que multitud de jóvenes se han concentrado allí, en esa plaza, disfrazados de brujas, para condenar que me llamaran bruja!”. Esta acusación, asegura, nos traslada a un territorio de poderes oscuros ajeno al marco de la Ilustración y la racionalidad, en el oscurantismo de una Edad Media en la que te pueden quemar viva y silenciada. Prefiere no ahondar en las acusaciones de “prostituta de Hamás” y cosas peores ante las que, dice, ha desarrollado una piel gruesa. “Y ese grosor no viene de los insultos, sino del genocidio”.

Efectivamente, numerosos jóvenes se concentraron en la plaza Giordano Bruno el 2 de noviembre para denunciar los ataques a Albanese. Ellos y miles de seguidores abarrotan auditorios, la aclaman y la paran por la calle en distintas partes del mundo. A ella le llaman especialmente la atención los jóvenes de 17 y 18 años, en los que ve renacer la conciencia que ella misma vivió a esa edad. “Estamos mucho más desconectados de esa generación que nuestros padres de nosotros, seguramente por el abismo tecnológico que nos separa, y no los entendemos. Yo intento sintonizar y explicarles lo que pasa, pero no quiero que miren la realidad a través de mis ojos, sino que tengan sus propias coordenadas. A esta generación le han quitado las herramientas que yo tuve para orientarme en el espacio público y entender lo que era Palestina, pero buscan las suyas. Y me gano su respeto”.

Es hora de bajar a la playa y lo hacemos por una escalera de cemento que desemboca en la arena. Muy cerca de aquí, en el puerto de Sidi Bou Said, la Flotilla de la Libertad recibió en septiembre un ataque con drones cuando apenas empezaba su navegación rumbo a Gaza. Ella acababa de comer con Ada Colau y otros miembros de la misión y apenas se habían despedido cuando la llamaron para contarle lo ocurrido. Una enorme bandera palestina está pintada en el puerto con esta frase escrita en inglés: “Todos los ojos en Gaza. No dejéis de hablar de Palestina”.

Lo cuenta mientras observa el Mediterráneo, el mar que comparte el Túnez que la acoge con su Italia de origen, con la Albania que le dio el apellido generaciones atrás y con la Gaza a la que no puede viajar. “El Mediterráneo es un lugar de vida y conexión, nos conecta en la belleza y la diversidad, pero se ha convertido en lugar de muerte, de división, de frontera, y yo estoy en contra porque soy humanista, no me gustan las fronteras, que son el concepto político menos natural que existe. Si puedo hacer algo para su rehumanización lo haré, como hago por Palestina”.

Habla de la muerte de personas. ¿También está muriendo la ley internacional? ¿Es Gaza el cementerio de la justicia? – Es diferente. Gaza nunca ha sido un pilar de la justicia, sino de la injusticia, porque desde 1948 es un gueto. Donde se está muriendo y enterrando la ley es en Washington, en Bruselas, en las capitales de los países occidentales. Están poniendo los recursos para hundir el sistema internacional de justicia y proteger a Israel y sus aliados árabes. Y el verdadero idiota de esta historia es Europa. Europa no ha entendido nada.

Albanese aún mantiene la esperanza en la justicia internacional, que tanto a través de la CPI como de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) ha dado pasos importantes para investigar a Israel, pero contempla la esperanza como “una disciplina y un ejercicio activo”. “¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo protestar, cómo parar el tránsito de armas o bienes, cómo golpear más y más de forma no violenta y no ortodoxa?”, se pregunta. “El público europeo ha olvidado cómo tomar las calles para proteger los derechos, y antes o después pagarán por ello”. Hemos vuelto a casa y hacemos un alto en la conversación. Teresa Rasella le consulta detalles de sus próximas reuniones.

fralb5¿Cómo se siente cuando Estados Unidos la acusa de ser amiga de los terroristas? – He desarrollado bastante nervio ante todo esto porque se comportan como si tuvieran 12 años. Yo no soy amiga de terroristas, que me den una prueba de ello y dimito mañana mismo. Los reto a que prueben si Hamás me ha pagado o yo a ellos, si los he defendido. ¡Nunca, nunca! Pero sí he defendido el derecho de los palestinos a protegerse de la ocupación porque la ocupación es ilegal. Igual que Israel tiene derecho a defenderse si la atacan, ellos también.

Una reflexión pareja hace con la etiqueta de antisemitismo que el Gobierno de Israel desgasta a diario. “Los que la usan son muy poco sofisticados. El antisemitismo es discriminación a los judíos por ser judíos, y eso existe. Pero pedir a Israel que cumpla con la ley internacional no tiene nada que ver con la religión, como pedir a la Iglesia que persiga a curas pedófilos no es anticristiano, sino cuidar los principios y valores. Yo no soy anti-Israel, soy anti-apartheid, y mientras Israel se comporte como un Estado de apartheid se encontrará enfrente mi criticismo”. Los palestinos que atacan a Israel, como ocurrió el 7 de octubre de 2023 en un atentado que condena, no lo hacen tras un pensamiento sofisticado basado en la religión, dice, sino porque actúan “contra sus carceleros”.

¿Cómo ve Gaza dentro de 10 años? ¿Será un resort de Trump, un Estado palestino? – No. Será un museo del genocidio.

La palabra vuelve una y otra vez a su discurso sin miedo a que se gaste porque antes, asegura, “se va a gastar el tiempo que las palabras”. Francesca Albanese eligió estudiar Derecho cuando estaba confusa, dice. Acababa de perder a su padre y vio en esa carrera un territorio de confort, una sensación de seguridad que enseguida se le quedó corta porque lo que en realidad quería, dice, era “cambiar cosas sistémicas”. Y esa es hoy su ambición en su segundo mandato como relatora especial, cuando se propone rebañar lo que está a su alcance, en su frigorífico, para seguir cocinando.

¿Hasta cuándo y cómo aguantará la presión? – No lo sé y no me lo pregunto. Solo actúo. No les permito entrar en mi espacio, que ya es suficientemente turbulento con el genocidio y el dolor. Lo que digan, me da igual.

Cerca de aquí, las olas siguen golpeando una costa que ha desafiado imperios, que ha visto y sigue viendo muerte y que también ha sabido reconstruirse. A pocos minutos de su casa están las ruinas de Cartago, la tierra mítica de la que partió Aníbal para desafiar a Roma en batallas que acabó ganando Escipión. Los muertos y las guerras se han amontonado en el Mediterráneo a lo largo de la historia y hoy golpean una costa más lejana. Pero, en este momento y en este lugar, bajo el sol poderoso de noviembre, parecen dar un respiro. “Yo no quiero vivir en el imperialismo. Era erróneo entonces. Y es inaceptable en 2025”. Y punto.

NOTAS:

(1) La complicada vida de Francesca Albanese, figura de moda en Italia y vetada en cualquier banco por las sanciones de Trump”, diario El País, autor: Íñigo Domínguez, 2025-12-21 (ENLACE)

(2) “Francesca Albanese: Gaza será un museo del genocidio”, diario El País, autora: Berna González Harbour, 2025-11-16 (ENLACE)

IMAGENES:

(*) Francesca Albanese (elpais)

(PUBLICACION BASKULTUR.INFO 2025-12-27)

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