El Comienzo del Imperio de Castilla
La historia de Castilla (y luego de España) es la historia de reconquistas y conquistas: contra los arabes, el Reino de Navarra, Cataluña, Aragón, en América... En el mejor de los casos, la conquista se llevó a cabo mediante matrimonios, pero generalmente mediante sangrientas matanzas. Antes del "descubrimiento" de América por Colón, las Islas Canarias fueron objeto de deseo imperial: la conquista, a menudo olvidada, del archipiélago conocido entonces como el "fin del mundo", genocidio incluido.
Las Islas Canarias fueron conquistadas entre 1478 y 1496, y el autóctono pueblo taíno fue víctima de una brutal masacre. Una conquista olvidada que cambió la historia del reino de Castilia: así ocuparon el archipielago, el llamado fin del mundo
A finales del siglo XV, Alonso Fernández de Lugo terminó la conquista de Gran Canaria y Tenerife tras librar una serie de duras campañas contra los indígenas de las islas. Las islas Canarias fueron en la Antigüedad el límite del mundo conocido, un territorio mitológico situado más allá de las Columnas de Hércules (el estrecho de Gibraltar) que recibía el nombre de islas Afortunadas. Tartesios y fenicios debieron de ser los primeros en avistar la silueta del archipiélago; su existencia llegó más tarde al conocimiento de historiadores y geógrafos clásicos como Plutarco, Plinio el Viejo y Ptolomeo.
Pero no fue hasta la revolución marítima de la Edad Media –que introdujo el uso de los instrumentos para la navegación de altura, como la brújula, el cuadrante, el astrolabio o el timón– cuando varias expediciones de marinos genoveses, lusitanos, mallorquines, catalanes, andaluces y vascos se aproximaron a las costas canarias en busca de riquezas desconocidas y esclavos y también para difundir el cristianismo. Los navegantes mallorquines tuvieron especial protagonismo en esas décadas; sus informaciones sirvieron de base para el Atlas Catalán de Abraham Cresques, de 1375, un documento fundamental que recogía el nombre actual del archipiélago y que fue utilizado para otros viajes.
La primera empresa que tuvo como objetivo conquistar las islas fue la dirigida por dos aventureros franceses, Juan de Béthencourt y Gadifer de la Salle, cuyas naves zarparon del puerto de La Rochelle en mayo de 1402. Ellos fueron los primeros conquistadores, guiados por la leyenda del oro africano y deseosos de obtener el prestigio que les podía acarrear el dominio del territorio isleño. Se establecieron en Lanzarote, y desde allí realizaron expediciones a El Hierro y Fuerteventura. En Lanzarote sus relaciones con los indígenas fueron pacíficas, pero en otros lugares, como Fuerteventura, encontraron una recepción hostil, consecuencia de las expediciones anteriores de europeos en busca de esclavos.
La intervención de la Corona
Mientras se desarrollaban esas exploraciones, Béthencourt viajó a Castilla en busca de refuerzos. Enrique III, un monarca muy avanzado para su tiempo, consciente de la importancia del comercio, otorgó al marino normando el señorío sobre las islas; fue así como la Corona de Castilla afirmó sus derechos sobre el archipiélago. Años más tarde, Béthencourt cedió sus dominios a su sobrino Maciot, que en 1418 los vendió, a su vez, al conde de Niebla. Durante los siguientes treinta años las islas fueron moneda de cambio, sometidas a permutas entre nobles castellanos e invasiones de marinos portugueses, interesados también en la expansión por el Atlántico. En los años centrales del siglo, Diego García de Herrera, señor del archipiélago por su matrimonio con Inés de Peraza, realizó diversas expediciones de conquista contra las islas mayores, Gran Canaria y Tenerife, pero no logró someter a los indígenas.
La situación cambió en 1479. Ese año, los Reyes Católicos y Alfonso V de Portugal firmaron el tratado de Alcaçovas, por el que, además de poner término a la guerra que los había enfrentado, se acordaba el reparto de los territorios atlánticos que cada monarquía reclamaba para sí. El tratado reconocía la soberanía de Portugal sobre las islas de Madeira, Azores y Cabo Verde, mientras Castilla se adjudicaba el control sobre las Canarias.
Desde ese momento la conquista del archipiélago tomó otra dimensión en la corte de los Reyes Católicos; la conquista señorial castellana dio paso a la conquista realenga, con intervención directa de la Corona. El primer objetivo fue Gran Canaria. La Corona de Castilla compró los derechos sobre esta isla a don Diego García de Herrera por cinco millones de maravedíes, y ya en 1478 empezaron a llegar los primeros soldados al mando de Juan Rejón. Instalaron su primer campamento fortificado en un palmeral, origen de la ciudad de Las Palmas.
En el interior de la isla, los indígenas, al mando de los guanartemes (reyes) Semidán y Doramas, presentaron fuerte resistencia a los españoles. Después de años de incursiones de los europeos, los nativos habían acumulado una gran experiencia guerrera. Consiguieron copiar y hasta mejorar las armas de sus enemigos, y adquirir la astucia y destreza de los navegantes europeos. Rejón logró escasos avances contra ellos, por lo que los Reyes Católicos decidieron sustituirlo por un nuevo comandante, Pedro de Vera, un experto y valiente militar que llegó a la isla en 1480. Una de sus primeras actuaciones fue la eliminación del caudillo Doramas, quien poco antes de morir en el campo de batalla pidió ser bautizado, según las crónicas. Aun así, los combates continuaron y Pedro de Vera recurrió incluso a mercenarios indígenas de La Gomera.
Al final, las tropas españolas alcanzaron los últimos objetivos en 1483, una vez capturado uno de los reyes aborígenes, el guanarteme Semidán. Enviado a la Península, donde se convirtió al cristianismo y recibió el nombre de Fernando Guanarteme, fue devuelto posteriormente a la isla, donde se vio recompensado con varios dominios como vasallo de la corona española. Un elegante y envenenado detalle diplomático, propio de la política real de respetar a los líderes locales, que implicaba una fractura entre los caudillos grancanarios: divide y vencerás.
Aparece Fernández de Lugo
La siguiente isla en caer fue la de La Palma. Alonso Fernández de Lugo, que ya había participado en la toma de Gran Canaria, firmó un acuerdo con la Corona por el que se comprometía a conquistar la isla en el plazo de un año a cambio de setecientos mil maravedíes y del título de adelantado. En 1492 desembarcó en la isla al frente de 900 hombres, entre los que se hallaba un grupo de indígenas convertidos. Su rápido avance inicial se vio frenado por la fiera resistencia del jefe aborigen Tanausú, pero éste finalmente cayó en una emboscada. Conducido a la Península, Tanausú se dejó morir de inanición durante el trayecto.
La última etapa del proceso conquista de las canarias fue la ocupación de Tenerife, que resultó también complicada. Fernández de Lugo se hizo cargo de la empresa, para la que reunió 30 navíos, 190 caballeros y un millar de infantes. En cuanto desembarcó en la isla, en 1494, intentó llegar a acuerdos con los líderes locales (llamados menceyes) más guerreros y conflictivos, pero el principal de ellos, de nombre Bencomo, no vio ningún aliciente en la nueva religión de los cristianos ni aceptó someterse a la autoridad de los Reyes Católicos.
Cuando los castellanos se internaron en la isla para acabar con la resistencia, Bencomo les tendió una emboscada en el barranco de Acentejo, en la que cientos de soldados castellanos perdieron la vida.
El fin de la conquista
Lugo, malherido, pudo escapar de la sangrienta batalla y refugiarse en Gran Canaria. El capitán castellano sabía que necesitaría más recursos y mejores soldados para retomar el asalto de la isla; los obtuvo gracias a los mercaderes genoveses de Las Palmas, a la colaboración del duque de Medina Sidonia (que le ayudó a reclutar 600 veteranos de la guerra de Granada en la Península) y al apoyo del reconvertido Semidán.
En noviembre de 1494, Lugo y sus hombres volvieron a desembarcar en Tenerife. En los llanos de Aguere, en La Laguna, un terreno más favorable a las tropas castellanas, consiguieron doblegar al ejército aborigen, que perdió a más de mil hombres, entre ellos al propio Bencomo. Pocas semanas después los castellanos volvían a imponerse en la segunda batalla de Acentejo. Para vencer la resistencia de los guanches, los invasores recurrieron a una estrategia militar típicamente española: la guerrilla.
Así, grupos de cazadores armados con arcos y mosquetes se dedicaron a provocar el caos y el miedo entre la población autóctona. En la primavera de 1496 la conquista de Tenerife había terminado, y con ella la de todo el archipiélago, después de un siglo de luchas (1402-1496). Ahora quedaba otra conquista, la del alma de los indígenas: la evangelización. (*)
NOTAS:
(*) “La conquista olvidada que cambió la historia de España: así se ocupó Canarias en el fin del mundo”, National Geografic, autor: Javier Leralta, historiador, 2025-05-15 (LINK)
IMAGENES
(1) Conquista (wikipedia)
(2) Conquista (tu y la palma)
(3) Conquista (eldia)
(4) Conquista (wikipedia)
(PUBLICACIÓN BASKULTUR.INFO 2025-05-20)
