50 años tarde
Estado español: La nación es sagrada, sus salvadores tienen carta blanca. No hay nada más franquista que deslegitimar a la izquierda. El postfranquismo español se adelantó al postfascismo europeo. La ultraderecha española es la más aristocrática de Europa. Exagerar el legado franquista es un legado franquista. Lo que llamamos franquismo puede ser más antiguo –o más reciente. Limitar la libertad de expresión no resuelve los déficits educativos. Diez tesis sobre los legados de la dictadura en España
Tradición en el Estado español: Cuando les parece que está en juego la nación, unos y otros no dudan en tirar el rigor y la deontología por la borda como otros tantos lastres engorrosos.
1. En la Transición, la continuidad ganó la partida.
Si, a medio siglo de la muerte del dictador, cabe hablar de legados del franquismo –ese ente proteico, nunca reducible a la figura del jefe de Estado–, se debe a que la Transición se realizó en clave de continuidad. La dictadura, como sabemos, se construyó sobre una radical ruptura legal, institucional y cultural con la Segunda República. La democracia que los españoles “se dieron entre todos”, en cambio, no solo no recuperó la legalidad republicana, sino que aprovechó, prácticamente completo, el armazón –y el personal– que heredó de la franquista. Esta continuidad legal e institucional, a su vez, y como es lógico, fomentó toda una serie de continuidades culturales: prácticas, actitudes, ideologías, sentidos comunes.
2. Si la nación es sagrada, sus salvadores tienen carta blanca.
En España son muchas y muchos los miembros de la élite –incluidos los agentes del Estado– que se autoasignan el papel de salvadores de la nación. Es un rol que, entre otros privilegios, los exime de la obligación de observar los protocolos propios de su gremio. Este complejo de salvador se puede ver como un legado del franquismo, en tanto que la dictadura afianzó el concepto –en sí, más antiguo– de la nación española como un ente sagrado. Y, como sabemos, la defensa de lo sagrado es una lucha santa cuyo fin justifica todos los medios.
Tradición en el Estado español: Cuando les parece que está en juego la nación, unos y otros no dudan en tirar el rigor y la deontología por la borda como otros tantos lastres engorrosos.
Hoy, en España, el complejo de salvador-de-lo-sagrado explica que la judicatura no tenga reparo en saltarse sus propios preceptos y procedimientos, como en el juicio del procés o en el del fiscal general del Estado. También explica la crónica desfachatez (Ignacio Sánchez-Cuenca dixit) de algunos miembros de la clase intelectual. Cuando les parece que está en juego la nación, unos y otros no dudan en tirar el rigor y la deontología por la borda como otros tantos lastres engorrosos. Eso sí, cuando alguien se lo señala, suelen perder los papeles: nada le escandaliza más al salvador de la patria que el cuestionamiento de la pureza de sus intenciones.
3. La lealtad genealógica se suele confundir con los valores políticos.
La admiración y gratitud a Franco que ha expresado el rey emérito en sus recientes memorias –para escándalo de muchos– son, en el fondo, sintomáticas. El problema no es que muchos españoles se identifiquen como conservadores por tradición familiar. El problema es que, para demasiados de ellos, condenar sin tapujos el franquismo supondría un acto de traición a sus antepasados.
Entre los mayores obstáculos a cualquier debate genuino sobre la memoria histórica en España nos topamos con una serie de confusiones: entre lo privado y lo público, entre la familia y la sociedad, entre la obligación impuesta por la lealtad genealógica (el lazo filiativo, diría Edward Said) y la libertad de cada uno de comprometerse con determinados valores éticos y políticos (un acto afiliativo). Para explicar esta confusión, podemos señalar la falta de espacio en los salones de clase –y en la esfera pública– para la reflexión o el debate sobre la historia reciente; o el hecho de que sucesivos gobiernos democráticos se negaran a desarrollar políticas públicas de memoria.
Pero también se trata de un legado franquista. A fin de cuentas, fue el régimen el que insistió en fomentar un concepto genealógico de la política (¿se acuerdan del “gen rojo” de Vallejo-Nájera?), cuyas raíces son antiguas (¿se acuerdan de la pureza de sangre?). De ahí también que una de las mayores victorias del movimiento memorialista –el derecho a exhumar a los seres queridos, reconocido hasta, y a regañadientes, por la derecha política– no se vea acompañada, por parte de esa misma derecha, de un reconocimiento de que hace falta un nuevo relato consensuado sobre el pasado del siglo XX.
Todos tenemos inversiones afectivas en ciertas versiones del pasado colectivo. Como me explicó Matilde Eiroa, estas inversiones suponen un poderoso dique de resistencia ante cualquier relato nuevo. Si estas además están sobrecargadas de afectos familiares, la resistencia se hace prácticamente invencible.
4. La política da miedo, el consenso consuela.
Como nos enseñó Elena Delgado, la España postfranquista heredó del franquismo tres ideas clave: España es una nación singular; la política es peligrosa (es mejor que los ciudadanos no se metan en ella); y el consenso, indispensable. Tanto es así, que toda amenaza al consenso debe ser neutralizada cuanto antes, mediante la cooptación (la clave de la Cultura de la Transición, o CT, como nos han explicado Guillem Martínez y Germán Labrador) o la eliminación. Incluso la producción cultural con cierta voluntad de recuperación de luchas políticas del pasado –desde Soldados de Salamina (2001) a El 47 (2024)– trata las militancias políticas como el filtro del Instagram trata a las arrugas: suavizándolas hasta borrarlas.
La política no se entiende como una negociación, sino como una guerra abierta en la que se busca no solo la derrota del rival sino su castigo o aniquilación
También en la vida política, se tiende a evitar el conflicto como tal, confundiendo y sustituyéndolo por la batalla a muerte. Como me explicó José Luis Villacañas en Franco desenterrado, en España es común que se consideren “los políticos distintos como intereses enemigos”. La política, por ende, no se entiende como una negociación, sino como una guerra abierta en la que se busca no solo la derrota del rival sino su castigo o aniquilación. “Esta comprensión bélica de la política”, me dijo Villacañas, “creo que es nítidamente franquista”.
5. No hay nada más franquista que deslegitimar a la izquierda.
Hablando de aniquilar al enemigo: el (neo)franquismo que parece campar a sus anchas en la derecha y ultraderecha españolas se caracteriza menos por una nostalgia de la dictadura como tal –¿quién cree que Abascal o Ayuso quisieran regresar a aquellos años grises?– que por una táctica deliberada cuyo fin principal es señalar toda forma de progresismo como un programa antiespañol y, por tanto, ilegítimo.
6. El postfranquismo español se adelantó al postfascismo europeo.
Gracias al franquismo, la derecha española de la época postfranquista ha sido pionera. Como sabemos, los partidos de centroderecha en Francia, Países Bajos, Alemania o Estados Unidos han ido abandonando el consenso antifascista que se afianzó después de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, como nos ha explicado Steven Forti, se deleitan en demonizar el antifascismo al mismo tiempo que blanquean el ideario de la ultraderecha. Pues bien, el Partido Popular siempre estuvo allí. Lo que es nuevo en los países del Norte –la definición de la democracia como el justo medio entre fascismo y antifascismo, pero, puestos a elegir, con una preferencia por el primero, más decente, decoroso y eficaz– para la derecha española ha sido el pan de cada día.
7. La ultraderecha española es la más aristocrática de Europa.
Aunque las ultraderechas del mundo tienen mucho en común, todas también tienen su idiosincrasia nacional. La española se distingue por su pedigrí. Los partidos de extrema derecha en otras partes de Europa suelen verse relegados a los márgenes de la respetabilidad, rechazados y ridiculizados por la corriente cultural y política dominante. Vox, en cambio, cuenta con simpatizantes, donantes y aliados entre la élite empresarial, el poder judicial, la Iglesia y la misma aristocracia, gracias a poderosas redes preexistentes como el Opus Dei. Como nos ha explicado Vicente Rubio-Pueyo, ese sí que es un legado franquista.
8. Exagerar el legado franquista puede ser… un legado franquista.
Paradójicamente, una herencia del franquismo es la tendencia a percibir las huellas del franquismo por doquier. Ver todos los desafíos de la España actual en clave de su peculiar historia –exagerando tanto la excepcionalidad como el peso de ese pasado– es también un legado de relatos impuestos por una dictadura que movilizó, de forma muy eficaz, el marco explicativo binario del XIX –España como nación enferma, genéticamente lastrada; o España como nación elegida, guía espiritual del mundo– para justificar sus políticas represivas.
9. Lo que llamamos franquismo puede ser más antiguo –o más reciente.
Algunos de los rasgos de la cultura española que se suelen identificar como legados del franquismo son bastante más antiguos que la última dictadura española, como me recordó Ignacio Echevarría. Se trata de “herencia de dos siglos de endémico atraso y cerrazón, de imbecilidad, de sometimiento, de violencia” que “no fue amasada a partir de la Guerra Civil sino, como muy pronto, a partir de la Guerra de Independencia”. Otros, en cambio, son bastante más nuevos.
10. Limitar la libertad de expresión no resuelve los déficits educativos.
Limitar la libertad de expresión para ilegalizar expresiones neofascistas o enaltecimientos de fascismos históricos puede parecer un poderoso gesto de desaprobación moral, y muchas veces lo es. Pero es fácil que resulte políticamente contraproducente. Más importante, la prohibición de ciertas expresiones públicas no puede compensar por –ni mucho menos sustituir– a los esfuerzos educativos. Y estos, a su vez, no deben ignorar la dinámica que todos conocemos por experiencia propia: lo prohibido atrae y las moralinas producen rechazo.
Para reducir el atractivo de la ultraderecha entre las y los jóvenes, por tanto, no basta con darles clases y temarios sobre el pasado reciente, ni mucho menos convencerles de que la memoria es una obligación moral o, peor, fomentar un tratamiento sentimental del pasado reciente basado en una empatía despolitizada con las víctimas. Guillem Martínez lleva más de una década advirtiéndonos contra los peligros de la sentimentalidad. Y como recuerda Pablo Sánchez-León, “uno de los grandes errores que ha cometido la izquierda es que se ha dejado tentar por promover relatos sobre el pasado en clave moralista, enfocados en el afecto de la vergüenza, cuando el moralismo es un terreno donde la derecha siempre llevará las de ganar”.
Lo importante en el área de la educación es, primero, presentar el relato sobre el pasado como el producto de una labor de investigación continua (e invitar a las y los alumnos a que participen en ella). Segundo, hay que crear un espacio en los salones de clase para un debate –el desacuerdo, el conflicto– a partir del cual cada alumna puede llegar a sus propias conclusiones sobre qué es lo que quiere –o cree que debe– recordar.
Bonus Track: España nunca “superará” su pasado. Bienvenidas al club.
España no es excepcional. En la medida en que todo Estado-nación se ha construido sobre la violencia –de los imperios mejor no hablar–, no hay país que no tenga uno o varios pasados complicados que encajar, pasados que estropean las historias patrióticas que se están volviendo a poner de moda por todas partes. Exagerar la excepcionalidad española puede ser un arma política efectiva a corto plazo (“¿te imaginas un monumento a Hitler en Berlín”?) pero a la larga es contraproducente. La vergüenza es un sentimiento poderoso, pero, como saben los narcisistas, es fácil que se convierta en agresividad. Peor, exagerar la excepcionalidad española fomenta el fatalismo (“Este país no tiene remedio”).
Por otra parte, tampoco sirve el modelo freudiano que han popularizado los alemanes (a quienes, dicho sea de paso, no les ha acabado de funcionar demasiado bien). Los pasados no se “doman”, como sugiere el concepto de Vergangenheitsbewältigung, ese palabro. Ni tampoco se “resuelven” o “superan”. Nadie nace conociendo el relato de su propia comunidad. Esto significa que a cada nueva generación le toca volver a descubrirlo, aprenderlo, debatirlo y –claro está– volver a escribirlo según mejor le parezca. (*)
NOTAS:
(*) “Franco, ese fantasma. Diez tesis sobre los legados de la dictadura en España”, CTXT-magazin, autor: Sebastiaan Faber, 2025-11-19 (LINK)
IMAGENES:
(1) Franco caricatura (eldiario)
(2) Franco caricatura (ctxt)
(3) Franco y rey JC (wikipedia)
(PUBLICACIÓN BASKULTUR.INFO 2025-11-20)
