robogu1Muerte sobre cuatro patas

En el futuro, los crímenes de guerra y los daños colaterales se programarán electrónicamente. Es posible que los robots y otros sistemas similares basados en la inteligencia artificial sustituyan a la infantería en las guerras futuras. Matar y destruir al enemigo sin necesidad de movilizar previamente un gran ejército. Además de drones de todo tipo, el “soldado“ del futuro podría parecerse más al perro robot armado BARS, que la empresa turca Quad Robotics presentó en una exposición en Izmir.

Muchos países están invirtiendo cada vez más en tecnología robótica militar, incluyendo trenes robóticos terrestres, sistemas de armas teledirigidos y unidades semiautónomas.

Campo de pruebas: Ucrania

Donbás, primavera de 2025: un soldado ucraniano yace herido en una trinchera, mientras drones rusos patrullan constantemente sobre la posición. Nadie puede rescatarlo, el peligro es demasiado grande. Pero entonces se acerca un robot “Gereon“, silenciosamente en modo eléctrico. El herido se sube a la plataforma de la máquina, que retrocede bajo el fuego de la artillería. Desde una distancia segura, un operador controla el vehículo con un joystick.

Al mismo tiempo, unos kilómetros más al este: soldados rusos se atrincheran en un refugio. Se acerca un dron kamikaze terrestre con minas. Los soldados izan un paño blanco con la inscripción “Nos rendimos“. Un dron aéreo los lleva a través de campo abierto hasta las líneas ucranianas, sin un solo soldado propio en el lugar. Una novedad en la historia de la guerra: ataque y captura realizados íntegramente por robots. Este es el futuro de la guerra, un futuro que ya ha comenzado.

Para 2035, la infantería humana clásica podría haber desaparecido. Los seres humanos ya no actuarán como combatientes sobre el terreno, sino que solo formularán órdenes operativas, mientras que la ejecución táctica correrá a cargo de sistemas autónomos. La tecnología, los costes y la geopolítica impulsan este cambio: los sistemas de IA alcanzan grados de madurez que hace unos años parecían utópicos; el cálculo económico de la existencia de una máquina frente a la vida de un soldado se inclina cada vez más hacia el robot; y países como China hablan abiertamente de sustituir las tropas terrestres por sistemas robóticos.

Nuevo tipo de tropas

Ucrania ha identificado una necesidad de más de 10.000 robots. En septiembre de 2025, China presentó por primera vez públicamente tropas terrestres robóticas con robots de combate, perros robots y transportes autónomos en su desfile militar con motivo del fin de la Segunda Guerra Mundial. Rusia va aún más lejos: a finales de 2025 se completará la formación de un tipo de tropas completamente nuevo e independiente: las “tropas para sistemas no tripulados“. Estas tienen el mismo rango organizativo que el ejército, la fuerza aérea y la marina, con su propia estructura de mando, su propio presupuesto y su propia doctrina. Probablemente se trate de la primera “rama militar robótica“ del mundo en el más alto nivel de organización militar, un cambio de paradigma institucional que manifiesta la equivalencia entre los sistemas tripulados y no tripulados.

rokrieg2Durante más de 2.000 años, la infantería ha sido la columna vertebral de todos los ejércitos. Desde los hoplitas griegos hasta los soldados de línea napoleónicos y los modernos fusileros en redes digitales, ha seguido siendo el epítome de la presencia física en el campo de batalla. El soldado de infantería no es un especialista, sino una herramienta universal, un sistema humano polivalente que puede luchar, observar, asegurar, rescatar y construir. En él se fusionan los roles de fusilero, médico y zapador. Esta versatilidad convirtió a la infantería en un componente indispensable de cualquier operación terrestre: solo cuando pisa el terreno se considera que un territorio está realmente conquistado.

Sin embargo, la infantería es un sistema de compromiso: puede hacer muchas cosas, pero ninguna a la perfección. En siglos anteriores no había otra alternativa: no existían máquinas que pudieran realizar tareas militares en lugar de los seres humanos. Hoy en día, sin embargo, la infantería opera en un entorno casi completamente racionalizado, supervisado y digitalizado.

Y el ser humano es el componente más vulnerable en este “campo de batalla transparente“. Los drones, los sensores térmicos y los radares apenas permiten moverse sin ser detectado inmediatamente. La guerra de Ucrania ha demostrado que las tropas de infantería clásicas apenas sobreviven unos minutos en posiciones abiertas antes de ser alcanzadas por munición de precisión o drones FPV. Mientras que los tanques siguen siendo relativamente capaces de sobrevivir gracias a sistemas de protección adicionales y medios de defensa electrónicos, los soldados están indefensos ante el cielo.

Si hoy en día, ante las nuevas amenazas para la infantería, el reconocimiento, el apoyo de fuego, la logística y el rescate se están transfiriendo gradualmente a sistemas autónomos, surge una pregunta que hasta hace poco parecía impensable: ¿qué pasaría si cada una de estas funciones fuera asumida por una máquina propia, no por un sustituto humanoide, sino por una multitud de robots especializados y complementarios?

Un soldado reúne las funciones más diversas en una sola persona. Es combatiente y médico, explorador y porteador, zapador y operador de radio. Pero esta multifuncionalidad por sí sola no explica por qué la infantería sigue siendo insustituible en la guerra moderna. La verdadera razón es más profunda, reside en una capacidad que parece tan obvia que rara vez se menciona explícitamente: la infantería puede pulsar. Cambia su estado entre la protección y la exposición, se contrae y se expande de nuevo, desaparece y vuelve. En caso de peligro, cuando los drones rastrean el cielo, cuando la artillería arrasa el terreno, cuando el fuego enemigo castiga cada movimiento, desaparece en cavidades protegidas: búnkeres, sótanos, instalaciones subterráneas, densos complejos de edificios, sistemas de túneles. Allí es invisible para los sensores y, en su mayoría, inaccesible para las armas de precisión. Ninguna cámara térmica la encuentra en sótanos profundos, ningún dron puede seguirla por pasillos sinuosos, ninguna artillería atraviesa el hormigón de varios metros de espesor.

Solo una nueva clase de armas rompe esta seguridad: las pesadas bombas planeadoras controladas por satélite de la serie FAB/KAB, con varios cientos de kilogramos de explosivos. Pulverizan complejos de edificios enteros y alcanzan incluso posiciones profundamente enterradas. Pero esta excepción solo confirma la regla: la infantería clásica sobrevive hoy en día casi exclusivamente bajo tierra. Las bombas guiadas de la serie FAB/KAB (Fugasnaja Aviatsionnaja Bomba / Korrektiruyemaja Aviatsionnaja Bomba) son armas aéreas rusas. La serie FAB incluye bombas altamente explosivas como la FAB-500, con un peso explosivo de 150 kg, capaces de dañar infraestructuras de hormigón. La serie KAB incluye bombas guiadas, es decir, bombas de la serie FAB equipadas con sistemas de guía para lograr una mayor precisión.

Tan pronto como la amenaza disminuye, cuando el enjambre de drones se aleja, cuando cesan los bombardeos, cuando el enemigo se retira, la infantería vuelve a salir. Ocupa posiciones, controla cruces, peina edificios y asegura el terreno. Luego llega la siguiente oleada y vuelve a retirarse. Esta presencia elástica distingue fundamentalmente a la infantería de todas las demás armas. Los tanques y la artillería disponen de posiciones cubiertas, refugios y sistemas de camuflaje, pero en la guerra de drones estos refugios pierden cada vez más su eficacia. La famosa “franja de la muerte“ de FPV de reconocimiento y ataque llega hoy hasta cincuenta kilómetros detrás del frente. Todo lo que se mueve es detectado; todo lo que es visible es alcanzado. Apenas queda espacio para la invisibilidad de los sistemas pesados: solo la infantería puede retirarse completamente al suelo.

Y ahí radica precisamente el punto de inflexión. Mientras las máquinas no dominen este pulso, mientras no puedan arrastrarse por huecos, mientras no puedan sumergirse en las profundidades, esperar allí y volver a salir cuando se presente la oportunidad, la infantería humana seguirá siendo insustituible. Pero tan pronto como los robots aprendan esta habilidad (mediante programación), tan pronto como puedan trepar por los escombros, subir escaleras, desaparecer en sótanos y volver a salir en tropel cuando sea necesario, la infantería se volverá superflua. Será sustituida por algo completamente nuevo: un mosaico de sistemas especializados, no la réplica del ser humano en metal, sino la descomposición de sus tareas en pequeños módulos estandarizados, cada uno optimizado para una única función. Al igual que la máquina de vapor no copió al caballo, sino que transformó la economía del transporte, la robotización transformará la lógica del combate terrestre.

Los componentes tecnológicos para esta vibrante infantería robótica ya existen hoy en día, al menos en su forma física. El avance decisivo radica en la miniaturización y el desarrollo de plataformas altamente móviles que pueden llegar a lugares donde antes solo podían llegar los seres humanos. Las máquinas de cuatro patas que se mueven como perros o grandes insectos ya no son ciencia ficción, sino productos en serie. La empresa china Unitree Robotics produce modelos que se pueden adquirir por menos de 10.000 dólares estadounidenses y que son capaces de subir escaleras, trepar por escombros y moverse por pasillos estrechos. Las fuerzas armadas rusas y chinas ya han presentado variantes armadas: perros robot con rifles montados que patrullan de forma autónoma o combaten objetivos por control remoto. La empresa estadounidense Ghost Robotics suministra sistemas similares a clientes militares.

Pero el desarrollo no se detiene en cuatro patas. Las plataformas de seis patas ofrecen aún más estabilidad en terrenos irregulares y pueden perder patas individuales sin quedar inmovilizadas, lo que supone una ventaja en terrenos con escombros. Incluso se están probando sistemas de dos patas, más pequeños que un ser humano: podrían llegar a cualquier lugar al que pueda llegar un soldado, pero serían más rápidos, no se cansarían y no tendrían instinto de supervivencia. El tamaño exacto es secundario, lo decisivo es el principio de la miniaturización radical. Es concebible el tamaño de una rata, quizás incluso más pequeño. Lo que hoy parece un perro podría tener el tamaño de un insecto dentro de diez años, lo suficientemente pequeño como para arrastrarse por conductos de ventilación, penetrar en canaletas de cables y deslizarse por debajo de puertas.

Esta miniaturización no es un fenómeno aislado. Se está produciendo en todo el equipamiento militar: los tanques son cada vez más pequeños, no tripulados y modulares; los drones se reducen del tamaño de un avión al de una libélula; los sensores, que antes eran equipos que ocupaban toda una sala, ahora caben en un sello. Estamos asistiendo a un proceso en el que no se crea el robot perfecto y uniforme, sino una gran variedad de factores de forma especializados: de cuatro, seis u ocho patas, voladores, reptantes, rodantes. Quizás la guerra del futuro no la libren androides humanoides, sino un sistema de insectos y depredadores mecánicos.

Problemas de software

rokrieg3Sin embargo, el hardware por sí solo no basta para crear una infantería dinámica. Las plataformas físicas ya existen en gran medida, pero el software se queda atrás, y con él las capacidades decisivas que hacen que un sistema autónomo sea viable en espacios cerrados.

El primer problema es la navegación sin contacto visual. En terreno abierto, el GPS, las cámaras y el radar funcionan de forma fiable. Sin embargo, en sótanos estrechos, edificios llenos de humo o paisajes de escombros polvorientos, estos sistemas fallan. SLAM (Simultaneous Localization and Mapping), es decir, la capacidad de un robot para orientarse y cartografiar su entorno al mismo tiempo, es la tecnología central para navegar sin GPS. Sin embargo, SLAM falla en condiciones extremas: el polvo refleja los sensores láser (Lidar), el humo confunde a las cámaras y los pasillos estrechos generan ecos que interfieren con los sistemas de radar. Aún quedan algunos pasos por dar en el desarrollo antes de que los robots puedan navegar por los sótanos con la misma seguridad que los humanos.

Aún más crítico es el reconocimiento amigo-enemigo. Un soldado puede distinguir intuitivamente entre un enemigo armado, un civil desarmado o un compañero herido. A los sistemas de IA les cuesta hacerlo, especialmente en interiores caóticos, donde los uniformes están sucios, las armas ocultas y los movimientos son confusos. El reconocimiento de imágenes puede identificar rostros, ropa y armas, pero en condiciones de poca luz y en situaciones agitadas, la tasa de error aumenta. Siendo realistas, en el futuro las máquinas tendrán en cuenta el “fuego amigo“, al igual que hoy en día se tienen en cuenta los “daños colaterales“ causados por las armas de precisión.

La solución podría estar en la fusión de sensores: cuando el lidar falla, el radar toma el relevo. (El lidar es una tecnología que utiliza rayos láser para medir la distancia a los objetos y crear mapas 3D de alta precisión del entorno. Funciona emitiendo un rayo láser que se refleja en los objetos y es recibido de nuevo por un sensor. A partir del tiempo que tarda el impulso de luz en recorrer la distancia, se calcula la distancia para crear un modelo 3D detallado del entorno). Cuando las cámaras se quedan ciegas, el robot utiliza sensores térmicos. Si todos los sistemas ópticos fallan, avanza táctilmente, como un ciego que palpa las paredes. Combinar varios tipos de sensores de forma redundante, fusionar sus datos, compensar los fallos. Esta tecnología existe a nivel conceptual, se está probando en laboratorios de investigación, pero aún no es lo suficientemente robusta para su uso masivo en condiciones extremas.

El tercer problema es la interconexión en condiciones adversas. Las conexiones inalámbricas pueden verse afectadas por interferencias y los cables de fibra óptica solo tienen un alcance de unos pocos kilómetros. Un enjambre de robots que opera en complejos de edificios controlados por el enemigo debe funcionar de forma descentralizada: cada unidad debe poder tomar decisiones de forma independiente, sin necesidad de estar en contacto permanente con la central. Esta “inteligencia colectiva“ existe en teoría, pero aún no se ha demostrado su fiabilidad en condiciones de combate.

Sin embargo, ninguno de estos problemas supone un obstáculo fundamental. Son problemas de ingeniería, no limitaciones físicas. La fusión de sensores, es decir, la combinación de varios tipos de sensores para compensar los fallos, está avanzando. Los modelos de IA para el reconocimiento de imágenes están mejorando exponencialmente. Los algoritmos descentralizados son cada vez más robustos. La cuestión no es si se colmarán estas lagunas, sino cuándo. Y la respuesta es: probablemente en una década. Los robots existen, lo que falta es la inteligencia. Hace solo diez años eran máquinas teledirigidas, totalmente dependientes de operadores humanos. Entre 2020 y 2025, esto ya ha cambiado: la inteligencia artificial está aprendiendo a ver, decidir y actuar.

Impulso gracias a la inteligencia artificial

El gran avance llegó con los grandes modelos de lenguaje. Sistemas como Chat-GPT demuestran que la IA también puede reconocer patrones, comprender el lenguaje y tomar decisiones. Ahora, los modelos multimodales se ejecutan en chips que caben en la palma de la mano y procesan imágenes, vídeos y datos de sensores en tiempo real, sin conexión a centros de datos. Esto proporciona a los robots las habilidades que necesitan para el combate terrestre: navegación autónoma sin GPS, reconocimiento de objetivos y distinción entre amigos y enemigos, coordinación descentralizada de enjambres y tácticas adaptativas. Aprenden de los combates, adaptan sus estrategias y operan incluso con interferencias de radio.

Oficialmente, se aplica en la mayoría de los casos el principio “human-in-the-loop“, es decir, las personas deciden y dirigen. Sin embargo, muchos sistemas operan desde hace tiempo en modo “human-on-the-loop“: deciden de forma autónoma y las personas solo supervisan. El siguiente paso sería “human-out-of-the-loop“: los sistemas actúan de forma totalmente autónoma y solo reciben órdenes estratégicas. Al final se llega al modo totalmente autónomo: los enjambres llevan a cabo operaciones de forma independiente y los humanos solo formulan los objetivos. Se prevé que este software esté listo para 2035. Entonces, los robots podrían actuar como la infantería: retirarse, avanzar, mantener el terreno. La tecnología estaría lista. La infantería humana quedaría obsoleta.

Puede que la tecnología exista, que la IA madure, pero lo que hace inevitable la robotización de la infantería es simplemente el dinero. Un soldado cuesta alrededor de 100 000 euros al año. La formación dura entre seis y 24 meses, la paga se extiende durante décadas, y las pensiones y la asistencia sanitaria suponen una carga para los presupuestos estatales durante muchos años. Por el contrario, la producción de un robot de combate, como un cuadrúpedo armado o una munición merodeadora, cuesta bastante menos de 100 000 euros, y los precios siguen bajando con la producción en masa. Los costes de mantenimiento son mínimos, los costes operativos son bajos y no hay que pagar pensiones. Un Estado podría adquirir muchos más robots por el presupuesto de un solo soldado.

robogu4Esta lógica económica obliga a una carrera armamentística. Quien no se robotice será arrollado por adversarios que pueden movilizar diez veces más fuerza de combate por el mismo coste. Incluso si todos los Estados reconocen que la robotización es problemática, ninguno puede prescindir de ella sin arriesgarse a quedar en desventaja estratégica. Quien construya primero un ejército totalmente robotizado ganará cualquier conflicto por pura superioridad. La presión económica se impone así a todas las consideraciones éticas.

La robotización no solo cambia quién lucha, sino también cómo se lucha. La doctrina anterior —unos pocos sistemas de precisión caros, cada uso sopesado políticamente— da paso a la guerra de saturación: miles de plataformas desechables y baratas inundan al enemigo. En lugar de un misil guiado de 100 000 euros, se utilizan cien drones baratos. Un sistema de defensa no puede interceptarlo todo. La masa vence a la precisión. Las tácticas de enjambre refuerzan esto: cien robots atacan simultáneamente desde todas las direcciones, coordinados por IA y organizados de forma descentralizada. No hay ningún líder al que se pueda eliminar. Ningún interferidor central ayuda. Incluso si la mitad es destruida, es probable que la otra mitad alcance su objetivo.

Escenario de terror

La guerra de Ucrania ya muestra hoy las consecuencias de la robotización: el 70 % de todas las bajas se deben a los drones. La infantería humana apenas sobrevive en posiciones abiertas. Sistemas como los drones FPV o Lancet sobrevuelan la zona objetivo, en algunos casos buscan enemigos de forma autónoma y se abalanzan sobre ellos con gran precisión. Lo que antes hacía un soldado con un lanzagranadas (transportar la carga, apuntar al objetivo, disparar) lo hace ahora un dron, que se convierte en un arma en sí mismo. El soldado lanzagranadas es, en gran medida, historia. La logística y la evacuación también se están automatizando. Robots como “Gereon“ o “Themis“ transportan municiones, equipos o heridos, por la noche, bajo fuego enemigo, sin descanso y sin miedo. Las tareas más peligrosas del frente, el reabastecimiento y el rescate, pasan a manos de las máquinas. Ya no es necesario que muera ningún médico para rescatar a un soldado herido.

La tendencia imparable hacia la automatización crea un vacío ético. La cuestión decisiva es y sigue siendo la responsabilidad, aunque la decisión sobre la vida y la muerte esté deshumanizada: ¿qué ocurre cuando robots del tamaño de una rata, programados con una lista de objetivos, peinan una ciudad?

Los ataques israelíes con pagers en el Líbano en septiembre de 2024 muestran hacia dónde nos dirigimos: miles de dispositivos activados simultáneamente, entre las víctimas: niños, médicos, personas ajenas al conflicto. Un sistema de IA no tiene compasión, solo conoce la tasa de acierto y la probabilidad de éxito. Errores en la identificación de amigos y enemigos, bases de datos de objetivos manipuladas o simplemente la orden de “romper la resistencia de la población“ podrían provocar masacres de proporciones inimaginables. Esto plantea la amenaza definitiva: asesinatos sistemáticos a gran escala, delegados a un enjambre de máquinas ajenas al conflicto. La tecnología para esta pesadilla se está preparando para su uso, en gran medida sin que el público se dé cuenta.

NOTAS:

(*) Información de: „Guerra moderna. Muerte sobre cuatro patas“, diario Junge Welt, autor: Lars Lange, 25-10-2025 traducción baskultur.info (ENLACE)

IMÁGENES:

(1) Robots de guerra (jw)

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(4) Robots de guerra (go-play)

(PUBLICACIÓN BASKULTUR.INFO 2025-11-19)

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